El espejo de Zedillo

Lo digo porque lo vi…

Allá entre el 97 y el 2000 realicé trabajos para diferentes organismos relacionados con el DIF, tanto a nivel estatal como el nacional, que presidía la señora Nilda Patricia Velasco, la esposa de Ernesto Zedillo.

En alguna ocasión, al acompañar junto a varias personas una reunión de los sistemas estatales con el federal, la señora Nilda llegó apresurada, algo sudorosa… ¿Qué te pasó, es tu hora del ejercicio?, le preguntó una de las primeras damas estatales.

No, la señora venía corriendo y sudorosa porque a esa hora terminaba de planchar la ropa de sus hijos.

¿Y por qué la planchas tú?, le preguntaron… ¿No te lo hace el Estado Mayor?

La respuesta es una gema que guardo con especial afecto: “No voy a acostumbrar a mis hijos, ni a mi familia, a recibir algo que no van a tener cuando esto se acabe, y en algún momento tendremos que adaptarnos a la vida que siempre tuvimos”.

La honrosa medianía no se predica en un Tsuru, se vive en casa y no hay necesidad de pregonarla.

Se deja ver.

Por eso admiro a Zedillo, porque él y su familia transpiraban esa honrosa medianía.

Todavía recuerdo la foto familiar cuando ya se acostumbraba a la candidatura, todos acomodados en su casa, en una sala clasemediera, con una niña a la extrema derecha estirando el brazo para acomodarse la manga de la blusa y el pie izquierdo medio torcido tratando de acomodar una chancla de hule.

Y nadie pretendió hacer de ello un reportaje, ni un discurso.

Los mejores discursos moralistas no tienen textos ni palabras, son hechos.

Zedillo fue el primero a quien me tocó escuchar el tema de “La honrosa medianía” de la que hablaba Juárez.

Ernesto Zedillo no era ni simpático ni sabía hacer chistes, solamente fue un gran Presidente, el mejor que mis pecadores ojos han visto.

En ese espejo debieran verse El Peje y sus colaboradores antes de hacer discursos que luego se rompen con fiestones como el de César Yañez.

Cien fiestas de esas y nos olvidamos de vender el avión.

Te puede interesar