Los Grandes

Ellos también eran migrantes, salieron de “La Quemada”, antigua hacienda ubicada en San Felipe, Guanajuato; los apodaban los “Grandes”, ya que la mayoría de los hombres de la familia Trujillo media más de un metro con ochenta centímetros. Ellos dejaron su pueblo, mujeres, hijos, madres, a la familia completa, para ir a los Estados Unidos; esta historia me la contó mi amiga Eva, una “Trujillo”, cuando hablamos de la caravana de migrantes centroamericanos que atraviesan nuestro país.

Entre los “Grandes” estaba el papá de mi amiga Eva, se llamaba Miguel, también iba su tío Goyo; ambos al igual que los migrantes de hoy en día iban en caravana o en “bola”, como dirían en el pueblo, con otros paisanos. Después de muchas dificultades y travesías lograron cruzar la frontera con Estados Unidos como ilegales, gracias a la ayuda del clásico “coyote”; ya en territorio norteamericano aprovecharon el contacto con familiares radicados en aquellas tierras y se fueron a buscarlos hasta Nueva York.

Eran los años setenta cuando llegaron a la Gran Manzana, eran otros tiempos; se escuchaba la música disco, surgía el grupo Village People, se hablaba de drogas, sexo; era una época caótica, decadente, pero divertida. Está de más decir que los “Grandes” no gozaban nada de las bondades de la época, ni sufrían por el caos; ellos vivían en pequeños cuartos y sólo se dedicaban a trabajar, no salían a ningún lado que no fuera a su lugar de trabajo.

Se pasaban más de un año sin regresar a “La Quemada” para que valiera la pena el viaje, todo el dinero lo guardaban debajo de los colchones, en cajas de huevo o de zapatos. Ni siquiera podían hablarle a su familia ya que en el pueblo no había teléfonos, así que cada vez que podían, en la noche, ya cansados, con mucha nostalgia por su gente, escribían cartas. No todos lo hacían, porque algunos no sabían escribir, sin embargo, otros les ayudaban, aunque luego esa carta tardaba meses en llegar al pueblo.

Ante tanta nostalgia y la poca comunicación, me contó mi amiga, su tío Goyo se iba por la noche, casi de madrugada, a mediación de un parque cercano, donde se agachaba entre el pasto y ponía su oído pegado a la tierra, para trata de escuchar las voces de su familia. Consciente de que el mundo era redondo, él estaba convencido que “La Quemada” estaba hacia abajo, pues había caminado mucho para arriba, para el norte, hasta Nueva York, por lo que sólo era cuestión de que llegara la noche y en el silencio algo escucharía; se pasaba horas con su oreja pegada a la tierra en busca de las voces de su familia, del sonido de los grillos, de los gallos, los perros, burros, del pueblo de “La Quemada”.

Aunque pudiese parecer increíble, quizás por su gran deseo de estar con la familia, algunas noches aseguraba haber escuchado a su mujer y a sus hijos; regresaba al cuarto feliz, contándoles a todos sobre su familia y el pueblo que habían dejado. Al principio se reían de él, pero el tío Goyo no dejaba de ir cada noche en busca de las voces, de los sonidos de su gente y entonces se hizo un ritual, cuando menos una vez a la semana “Los Grandes” esperaban a Goyo para oír los relatos de su pueblo, que dejaron para migrar a tierras desconocidas, porque “Los Grandes” de “La Quemada”, de San Felipe, Guanajuato, también fueron migrantes.

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