La luna

Que la Luna es de queso, que en Luna llena el hombre se convierte en lobo, que Quetzalcóatl envió un conejo a la Luna, que las más bellas Lunas son las de octubre, que la Luna azul, que Luna sangre… “Te bajaré la Luna”, dicen los enamorados. Pero ¿En verdad llegó el hombre a la Luna hace cincuenta años?

“Cuentos, mentiras, nadie ha llegado a la Luna…”, me decía mi abuelo, Don Enrique. Yo sólo era un niño cuando lo escuchaba decir eso, era la década de los setenta. “Como crees que llegaron hasta arriba, si todavía no saben qué hay en el fondo de nuestros mares, en lo alto de las montañas, en los grandes desiertos; los gringos inventaron que habían llegado a la Luna sólo para decir que llegaron primero que los rusos”, relataba él.

En ese entonces le creía más a mi abuelo que a los libros que leía de la escuela, a 50 años de ese acontecimiento sigo pensando lo mismo, incluso ahora le creo más. Con tanta tecnología que tenemos ¿Por qué no hemos regresado? ¿Por qué sólo fueron cinco viajes? Hace 48 años que ya no hemos vuelto, por qué tanto alboroto por llegar a la Luna para nunca volver.

Curiosamente estos días coincidió la Luna llena, me encanta mirar al cielo y más cuando estoy junto con mis hijos, a quienes gusto preguntarles cosas del espacio. ¿Qué hay atrás de la Luna o dentro de ésta? ¿Será de queso? Gabrielo, de sólo seis años, me contesta muy seguro: “Pues nada papá, sólo rocas y atrás los otros planetas”. En su colegio, durante el pasado ciclo escolar, estudiaron los planteas y nuestro sistema solar. Sin duda el conocimiento quita la fantasía y el romanticismo.

Iker, mi hijo de ocho años, entra al juego y dice que cuando crezca irá a la Luna para hacer la pizza más grande y más rica con queso de la Luna. Pero hace una pausa y reflexiona: Puede que para ese entonces el conejo se la termine o tal vez los extraterrestres que están escondidos detrás de la Luna sean grandes ratones que llegaron ahí para comérsela toda.

A 50 años del “gran acontecimiento”, o de la más grande mentira que han fabricado en las “mil y una mentiras que no suelen contar los gringos”, diría mi abuelo, me quedo con la fantasía y el romanticismo.

Por eso sigo pensando que Neil Armstrong en su último viaje en 2012, hacia la muerte, se haya detenido al sur del Mar de la Tranquilidad en la Luna y desde ahí, contemplando por primera vez a su planeta azul, a nuestra tierra que se muere, quizás nos envíe algún día una señal, una esperanza, de que no somos los únicos en este universo y de que hay vida después de la muerte.

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