De padres e hijos

Rubén, mi amigo, según contó, trataba de encontrar la historia de su abuelo paterno, el Capitán Zaragoza; aunque creo era más bien para encontrar la de su propio padre, Don Rubén, ya que éste ni siquiera conoció bien al capitán Zaragoza, porque cuando tenía cuatro años, el capitán murió en combate y su esposa, abuela de mi amigo, dos años después.

Me tenía conmovido con la historia de su padre huérfano de ambos progenitores mi amigo Rubén, quien inquieto por comprobar la veracidad de la historia de su abuelo, decidió ir al campo militar a indagar la realidad de los hechos de aquel personaje, el Capitán Zaragoza, a quien por supuesto él no conoció y su mismo padre lo evocaba como un fantasma, un recuerdo borroso; en el lugar se encontró con un gran expediente, con el trágico final de un héroe muerto en batalla.

Ya habíamos terminado el primer tequila y unas cuantas cervezas, ya estábamos en la sobremesa cuando me di cuenta que era 6 de junio, fecha en que se cumplían exactamente cuarenta años de la muerte de Don Roberto Galván Montemayor: Mi padre.

Las fechas con el tiempo se van desvaneciendo; los recuerdos, aunque a veces nublados, llegan; irónicamente, los vacíos crecen. Las sensaciones de abandonado vuelven una y otra vez con cualquier despedida, en un viaje largo, en silencio; por la noche, cuando no veo por varios días a Iker y a Gabrielo, mis hijos, siento que el papá necesita a su padre.

No recuerdo haber celebrado a mi padre, en lo que ahora la mercadotecnia ha propuesto como su día para celebrarlos, el tercer domingo de junio, pues antes no se acostumbraba. No tengo memoria de, cuando era niño, haber participado en un festival escolar para papá. Don Roberto fue conmigo un papá duro, no lo recuerdo cariñoso; pero goce con él grandes momentos como cuando me llevaba al beisbol y a los toros, actividades que me dejó como pasión. No recuerdo un beso, ni una caricia, recuerdo tal vez un abrazo, sin embargo, risas, muchas risas vienen a mi mente, ya que reía conmigo, con mi mamá y mis hermanos.

Ahora que viene la celebración del “Día del Padre”, me doy cuenta que menos del 50 por ciento de las familias en México lo celebran; somos un pueblo en busca del padre, como en “Pedro Páramo” de Juan Rulfo. La ausencia del padre está en muchos de nosotros, ya sea por muerte, por abandono, por la distancia, el trabajo, aun a veces estando presente no hay forma de relacionarse debido a su autoritarismo o, peor aún, por su indiferencia.

Después de esa charla tan conmovedora con mi amigo Rubén sobre el Capitán Zaragoza y Don Rubén, su padre, llegué en la noche a mi hogar; mis hijos ya estaban dormidos, les di un beso y me dirigí a la terraza de la casa. Ahí abrí una Carta Blanca, la cerveza que le gustaba a mi papá, miré hacia el cielo, en ese momento lleno de estrellas, y brindé por el Capitán Zaragoza, por Don Rubén, Don Roberto y por todos los padres que andan en el cielo. Después cerré los ojos y en ese momento sentí el beso y las caricias que no recordaba de mi papá.

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