Confieso mi pecado

Todas las noches, todas, sin faltar una, elevo mi plegaria y pido ser perdonado si acaso en vez de concitar a la concordia he provocado la discordia.

Y me propongo con toda la buena fe, buscar al día siguiente algo positivo en los gobiernos a quienes critico, para hacer un reconocimiento de algún acto positivo.

En esa paz del alma duermo y con esa convicción despierto.

Al abrir los ojos veo un noticiero, y allí está el Peje López Obrador, que grita y que agita a la muchedumbre a la que incita a cantar a la jefa de gobierno de la Ciudad de México…

“¡No estás sola… no estás sola… no estás sola!”

Y la Sheimbaun exultante se pone de pie y levanta los brazos y viene hacia el Peje quien sigue a grito abierto, le toma la mano derecha y se la levanta, como se levanta la de los gladiadores que vencieron…

“¡No estás sola… no estás sola!”

Entonces siento que como un reptil el coraje me atenaza…

Ahora soy yo la madre del joven secuestrado y posteriormente asesinado.

Soy el hermano de la joven mancillada, cuyo cuerpo abandonaron en una ladera… soy el padre de los jovencitos a quienes dejaron medio muertos en el viaducto después de que a cachazos los bajaron de su auto para robarlo.

¡No puedo!

Ante eso mi alma aún no está preparada.

Estos desgraciados vienen a mear en la puerta de una capilla ardiente.

¿Cómo puedo reseñar un hecho positivo?… dígame usted adorador del Peje… póngase usted en los zapatos de esas familias.

Sí, tiene usted razón, en los gobiernos del PRIAN igual pasaban esas cosas.

Pero nunca, nunca vi este grado de pocamadrismo.

En vez de estar de rodillas al pedir perdón a las familias agraviadas, se extasían en sus propias miasmas.

Celebran sobre la sangre de los inocentes.

Esta noche no tengo de otra, volveré a pedir sinceramente ser perdonado y a ver si mañana ahora sí, encuentro algo positivo en el gobierno.

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