¡Ah, don Valentín Campa!

Tenía yo 12 años cuando escuché a don Valentín Campa en un video a blanco y negro, con mal sonido pero ideas clarísimas.

Era el hombre del Partido Comunista, que desde su casa en la célebre Coyotera de Monterrey, instaba a las juventudes comunistas a mantener la lucha contra la burguesía y a mantener los ideales de la revolución inalterables… es decir, la revolución que deberíamos arrancar de nuevo, para ahora sí, darle a México un cambio de régimen que privilegiara a los pobres, como nosotros.

Pero dijo algo muy fregón:

Nunca vamos a llegar al poder, quizá nosotros llevemos a uno o a otra al poder, pero cuando eso ocurra, nosotros seguiremos siendo los mismos insurgentes que exigimos al gobierno que cumpla. Si llegamos al poder, ese día la revolución se muere.

¡Zaz!

Lo había casi olvidado pero estaba en mi memoria insurgente, en mi incipiente lucha por el carril de la izquierda, la izquierda de verdad, la que siempre está inconforme porque los gobiernos perfectos no existen.

Dejar de exigir es matar el cambio.

Pero bueno, ¿cómo platicar de don Valentín Campa a los asnos quienes se creen eso de que el 5 de febrero se conmemora la batalla de Puebla?

Ya no diga usted comentar en una mesa sobre la idea y la filosofía de don Heberto Castillo, ¡Mi bienamado y añorado don Heberto!

Aquellos quienes creen que tienen el deber de defender a su Presidente, traicionan los principios de la izquierda real.

Traicionan los ideales más caros de la lucha por los derechos de los más jodidos.

¡Se las metimos doblada!, exclaman desde el techo de Palacio Nacional en dedicatoria al resto de los mexicanos.

¿Se las?… ¡Pobres!… ejercen el autoplacer y con los ojos cerrados sueñan que eso es el mismo cielo.

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